Nacido en La Habana en 1966, Ángel Santiesteban-Prats es una de las voces más vigorosas y premiadas de la literatura y el periodismo independiente en la Cuba contemporánea. Su vida y su obra encarnan, de manera casi indivisible, el drama del intelectual que se niega a someter su conciencia al dictado del poder totalitario. Ha ganado los reconocimientos más importantes de las letras cubanas e hispanoamericanas, incluyendo el prestigioso Premio Casa de las Américas en 2006 por su libro Dichosos los que lloran, y el Premio Alejo Carpentier en 2001. Su literatura, de un realismo descarnado y profunda sensibilidad humana, comenzó a explorar las zonas oscuras, los dolores y las contradicciones de la sociedad cubana que el relato oficial pretendía silenciar.

Sin embargo, en una dictadura, la honestidad es un acto de disidencia. Al decidir firmar y sostener su blog independiente Los hijos que nadie quiso, Ángel cruzó la línea que el régimen castrista considera imperdonable: usar la palabra escrita como una herramienta de denuncia cívica y un testimonio de la falta de libertades en la isla.

En 2013, la respuesta del aparato estatal fue un proceso judicial fabricado y una condena a cinco años de prisión. Lejos de silenciarlo, las rejas multiplicaron su voz. Desde el presidio político, continuó escribiendo y documentando los abusos del sistema carcelario, lo que le valió el Premio Internacional Franz Kafka de Novela de Gaveta y el reconocimiento de organizaciones globales como Amnistía Internacional y Reporteros Sin Fronteras.

Hoy, habiendo sufrido la cárcel, el hostigamiento, la censura y los actos de repudio en su propia piel, Ángel Santiesteban-Prats sigue residiendo en Cuba. Camina sus calles y escribe su realidad no como un observador pasivo, sino como un actor fundamental de la sociedad civil independiente. Su mirada, lúcida y desprovista de concesiones éticas, es indispensable para entender no solo el trauma histórico que arrastra la nación cubana, sino las claves institucionales, culturales y humanas de su futura transición democrática.

MHD: Ángel, tu trayectoria es la de un creador que, en lugar de elegir el acomodo o el silencio que el régimen exige a los intelectuales, optó por usar la palabra como un acto de resistencia y testimonio. Esta decisión te costó la cárcel, la persecución y el hostigamiento constante. Mirando hacia atrás, ¿cómo fue ese proceso inicial de ruptura con las instituciones oficiales y tu posterior involucramiento en la sociedad civil independiente? ¿Cómo se resignificó tu labor en la defensa de la libertad de expresión cuando descubriste que escribir la realidad cubana ya no era solo una opción estética, sino un imperativo ético y un peligro real para tu vida?

ASP: Uffff, tremendo aquel comienzo. Mira, mi escritura siempre ha sido un parto natural, sin mucho esfuerzo. Los cuentos afloran y me paso más tiempo revisando que expulsando el texto en sí. Te digo esto porque nunca me dije que quería escribir de manera contestaría, no. Surgía sin proponérmelo. Eran los conflictos normales de la gente que conocía, de mi familia, de mi entorno. Y eso fue lo que quise reflejar. Mis personajes eran gente sencilla que no le interesaban a nadie, pero a partir que se refleja como arte, adquieren una dimensión inusitada. Esa es la magia. 

Por lo que, desde mi comienzo, mis relatos fueron examinados por la Seguridad del Estado (SE). Enseguida me echaron el ojo y me pusieron en la lista de atención. Esa lista tiene niveles, como los nueve círculos del infierno en “La divina comedia”, de Dante Alighieri.

Con mi tercer cuento, siendo un total desconocido, obtuve uno de los premios en el “Juan Rulfo” que convocaba Radio Francia Internacional, y que era la plaza más famosa en ese momento para los relatos de habla hispana. El texto lo publicaron en Le Monde Diplomatique en Francia, La revista “El cuento” de México, y Letras Cubanas en Cuba, todo eso sucedía mientras la gran mayoría se preguntaba “quién era ese tal Ángel Santiesteban de 23 años”. 

Al año siguiente, 1990, me gano el premio Nacional de Talleres Literarios, y dos años más tarde, 1992, envío al premio Casa de las Américas un libro sobre la guerra en Angola. Pero no a lo que estaban acostumbrados las editoriales y la policía política, estas historias no eran sobre momentos épicos ni sobre héroes, todo lo contrario, tipos sencillos que se habían visto enrolados en una guerra ajena y se preguntaban qué coño hacían allí. 

Me llamaron de Casa de las Américas para decirme que era el premio, y ese mismo día, en la noche, cuando asistí a recibirlo, supe que SE había presionado a los jurados para que no me fuera entregado para evitar “hacerme daño”. Era una italiana que vivía en Cuba, Luisa Valenzuela de Argentina, que cuando me vio tan joven y me preguntara la edad, dijo que tenía la misma de su hija, y me propuso llevarme para su país, y Abilio Estévez, por la parte cubana, que es quien ha contado el suceso. A él lo llamaron por el audio central del hotel donde se encontraba deliberando el jurado, para que se presentara en una habitación. Cuando le abrieron la puerta le enseñaron los carnés de esbirros de la SE. Allí lo convencieron que no solo me haría daño a mí, sino también a él mismo. Abilio ha confesado que tuvo miedo y que se dejó doblegar.

En 1994, volví a enviarlo al premio Casa de las Américas. Una amiga que tenía allí me dijo que los ejemplares de mi libro estaban en una caja debajo del buró, que no había sido entregado al jurado. Le pregunté al jurado dominicano, y me dijo que mi libro estaba en la lista que recibió, pero no el ejemplar, y cuando preguntó, los organizadores le explicaron que el autor lo había retirado.  

Sabiendo que allí no tendría posibilidades, en 1995, le cambié el título al libro y lo envié al concurso nacional del gremio de escritores UNEAC. Y lo gané. Se le fue de las manos a la SE. Después no sabían que hacer con el libro. Abel Prieto –luego fue Ministro de Cultura, hasta convertirse en el esbirro que es hoy– era el presidente de la UNEAC, y lo mantuvo sobre su buró hasta 1998. En una entrevista conmigo me propuso quitar cinco cuentos del libro, me dijo que la Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), nos fusilarían si publicábamos esos textos. Al final accedí a cambio de un apartamento para que naciera mi hijo ese propio año. 

En el 2001, reuní todos esos textos que me habían censurados de ese libro y de otras convocatorias, que titulé “Los hijos que nadie quiso”, y gané el concurso Alejo Carpentier. Tampoco sabían qué hacer con el libro. El presidente del Instituto Cubano del Libro, hervía después de leerlo. No dormía. Me lo hizo saber en persona. No se ocultaba para decirme que estaba siendo atacado por sus propios colegas ideológicos. 

En el 2006, envié el libro “Dichosos lo que lloran” al premio Casa de las Américas. Enseguida la SE se puso a correr porque entre el jurado estaba Laydi Fernández, la hija de Roberto Fernández Retamar, el presidente de la Casa de las Américas, y lo informó. 

Luego del premio el jurado me contó todas las presiones para retirármelo, pero solo obtuvieron dos votos, el del uruguayo y el de Laydi, que cuando vio que estaba tres a dos, cambió el suyo y quedó cuatro a uno. Luego el uruguayo me decía que a ¡él era el que más le gustaba mi libro! 

En 2008, aún no conocía a ningún opositor al régimen, y abrí el blog “Los hijos que nadie quiso”, quería que versara sobre la problemática intelectual. Enseguida comenzó el fuego. Fueron a mi casa López Sacha y Eduardo Heras León, mis amigos y maestros literarios, a advertirme que la SE enviaba un mensaje “mágico” a través de ellos, siempre funcionaba, con ellos mismos había funcionado. Pero conmigo no funcionó. 

Enseguida me vetaron de la cultura nacional, y comenzaron los ataques sobre mí. Un grupo de sicarios de la SE me encuadrillaron en la esquina de casa de mi editora y me partieron el brazo. Buscaron todo tipo de amenaza y acusaciones en mi contra, hasta que encontraron a alguien y “justificaron” mi encarcelamiento. Fue muy burdo todo.  

Yo vivía ajeno a la realidad cubana. Me pasaba el tiempo invitado por universidades y Ferias de Libro en el extranjero. Jamás en una delegación de Cuba. Mi literatura contestaria no les hacía feliz y no se gastaban un centavo en mí, lo que le agradezco mucho y ni falta que me hacía. 

Enseguida me prohibieron viajar al extranjero. Y fui conociendo a la disidencia. Comprendí que además de ser escritor, también era un ciudadano. Y la problemática, aún cuando la política para ejércela en lo personal, no me interesa, reconocía mi derecho a decir lo que pensaba, errado o no, sobre mi entorno. Y eso es lo primero que está prohibido en mi país. Pensar diferente no es una opción, es un delito.  

Después de muchísimas acusaciones, sin que aparecieran los perjudicados, hasta me acusaron de haber atropellado a un niño en la vía pública y haberme dado a la fuga, sin que jamás apareciera el niño, parece que, en esos días, gracia a Dios, no hubo un niño atropellado. Y así, me acusaban todas las semanas de un delito diferente. 

Finalmente, en 2013, me llevaron a la cárcel por una sanción que no tenía nada que ver con la acusación, y que me abogado pedía la anulación del juicio, pero que jamás les importó. Me mantuvieron dos años y medio preso. Hasta que visitó Cuba el que hoy es presidente de Alemania, en ese entonces era el Ministro de Relaciones Exteriores, con una carta firmada por 39 eurodiputados, que pedían mi liberación, y parece que en ese momento a Cuba le convenía congraciarse con la Unión Europea o con Alemania, y me liberaron, aún cuando me advertían que no me liberarían ni a los cinco años. 

Estando en prisión, me enfermé de dengue, y me ingresaron y pusieron sueros. A los meses comenzaron a preguntarme, los esbirros, que si me encontraba bien de salud. Yo respondía que sí. Hasta que una vez me preguntaron que si me revisaba el cuerpo. Entendí aquello como que sugerían si me masturbaba, pensé yo. Pero par de meses después, comencé a verme en el interior de mi pierna una pelota que crecía, luego comencé a revisarme y encontré dos más. Pero no le dije nada a los sicarios ni a mi familia. Pensé que me iba a morir. Y esperé. Unos meses después salí gracias a la petición de Alemania, y fui operado en el hospital oncológico. 

No sé si algún día se podrá demostrar que fui inoculado con algo.

Desde entonces, vivo perseguido, vigilado, presionado para que no salga de mi casa cada vez que el gobierno tiene un evento importante, como marchas o visitas extranjeras, o cuando sucede alguna protesta social, fechas de santos y vírgenes católicas, invitación de alguna embajada, sobre todo la de Estados Unidos, o la caída del sistema eléctrico nacional, u otra razón que a ellos les parezca. De hecho, no tiene que haber una justificación. Solo que ellos lo decidas y basta. 

Tengo prohibición de salida del país, los famosos “regulados”. Recientemente tenemos la amenaza de que en caso que los Estados Unidos ataque a Cuba, de inmediato nos arrestarán. Dicen que nos usarán de escudo humano, otros aseguran que nos van a asesinar antes que los maten a ellos. Quizá algunos no lo hagan, pero la realidad demuestra que siempre lo han hecho. En 1961, cuando Girón, encarcelaron a los opositores con esa misma amenaza. A los presos Plantados en la prisión Modelo de la Isla de Pinos, les pusieron cargas de dinamitas, hay testigos que las vieron, en las bases y cimientos de las edificaciones, por si se veían perdidos, las iban a explotar. El ánimo asesino siempre estuvo ahí. Y la lista de asesinados es extensa.           

MHD: Frente al estado de postración y crisis terminal que vive la isla, cobran fuerza en los análisis internacionales los escenarios de una transición vertical o pactada. Específicamente, se debate la posibilidad de un acuerdo de convivencia o apertura controlada entre el gobierno de los Estados Unidos y sectores de la nomenclatura del Partido Comunista, la familia Castro y la élite militar (GAESA). Desde tu experiencia en la primera línea de la disidencia, ¿qué lectura haces de este tablero? ¿Crees que un pacto de esta naturaleza es una vía pragmática para evitar la violencia y abrir el sistema, o lo consideras una traición a las aspiraciones de libertad del pueblo que solo buscaría legitimar un ‘capitalismo de Estado’ sin democracia?

ASP: Creo que la élite de corruptos y abusadores que se han robado a este país, quiere lo mismo que sucedió en Nicaragua cuando el sandinismo, la llamada “piñata”, donde todos los comandantes de la “revolución”, se repartieron las fábricas y riquezas. Terminaron siendo millonarios y multimillonarios. Ellos no han estado construyendo hoteles en medio de la crisis nacional por gusto. Era el emporio con el que ofrecerían para quedarse. Más todos los miles de millones invertidos a través de (GAESA). Todo lo tienen pensado. 

No sé si en las conversaciones ya se le haya planteado por parte de los representantes de Donald Trump, o se está esperando por la parte cubana esa posibilidad. Quizá solo le hayan dicho que se vayan con lo que tengan. Pero ellos quieren quedarse con amnistía y lo que poseen aquí dentro, más sus cuentas en paraísos fiscales. 

Particularmente, si tengo que convivir con esos ladrones, lo más probable es que me vaya definitivo de Cuba. Es una traición a la libertad y a la decencia de los cubanos. Yo, que nunca me he querido ir, sería una ironía que lo haga una vez que seamos libres. 

ASP: Históricamente, los regímenes totalitarios han sido maestros en la estrategia de atomizar, exiliar y sembrar la desconfianza mutua dentro de las fuerzas de oposición y el periodismo independiente. En el actual escenario cubano, marcado por un éxodo masivo que ha vaciado al país de muchos activistas y mentes brillantes, ¿cómo evalúas el estado actual de la sociedad civil organizada? ¿Qué papel le corresponde jugar hoy a los escritores, periodistas y referentes culturales que persisten dentro de la isla para reactivar la conversación democrática y articular demandas comunes frente al poder?

El oficio del escritor no es político, independientemente, que tenga una mirada sobre su entorno y la vida en general de los cubanos. Anticiparnos a lo que puede ocurrir, pero no ha sucedido, me parece una pérdida de tiempo. Soy del criterio que todo ese dinero que hoy se invierte en viajes de representación, en hoteles, y tantísimas cosas como crear partidos, ahora se debe ofrecer a los presos políticos, a sus familias que se desgastan sin recibir ayuda. Eso ahora es lo importante. Apoyar a los que están sufriendo por levantar sus voces y sus acciones. 

Precisamente por eso, se fue la gran mayoría de la oposición. No solo por la presión del régimen, sino por la falta de apoyo. Nadie les iba a garantizar su jaba a la cárcel ni siquiera el pago del transporte hasta la prisión, ni la asistencia económica a su familia, hijos, esposas, madres, mientras estuvieran en prisión. Había que ser muy estúpido para no pensarlo. 

No creo que por ahora logremos los escritores ni periodistas ni nadie de la oposición, ningún diálogo con la dictadura. Ellos ven eso como un empoderamiento a sus enemigos. Creo que solo funcionan con la fuerza. La misma que han ejercido contra los opositores. No conocen otro lenguaje. 

MHD: Tú conoces de cerca la violencia discursiva del régimen, el paredón de reputación y las campañas de difamación que ejecutan contra quienes disienten. En nuestro espacio de pensamiento apostamos por la desactivación de la polarización a través de una comunicación responsable y el diálogo dialógico. Sin embargo, en un contexto de opresión tan asimétrico como el cubano, ¿cómo se practica el diálogo sin caer en la capitulación? ¿Cómo puede el periodismo independiente mantener una altura ética que no replique el lenguaje del odio del opresor, pero que a la vez sea firme, veraz y sin concesiones en la denuncia de los atropellos a los derechos humanos?

ASP: No creo en ningún diálogo con el régimen. Siempre nos van a engañar. Nunca cumplen con su palabra. Es una pérdida de tiempo a su favor. Siempre estarán ganando algo. Cada paso de ellos está pensando en mantenerse en el poder. Nada los saca de esa línea. Ese camino por ahora no lo veo posible ni viable, que no sea una traición a la libertad real y auténtica. Cualquier conversación o acción, será para mantenerse en el poder. Esperar que vengan tiempos mejores y arremeter contra los que permitieron en apariencias, que aceptaban como dialogantes. 

MHD: Como escritor y periodista, tu trabajo ha sido documentar los dolores, las prisiones y las pequeñas victorias de la Cuba subterránea que el relato oficial intenta borrar. Ante un eventual cambio de régimen —sea este pactado o por colapso—, el riesgo de la amnesia colectiva y la impunidad es enorme. Desde la perspectiva de la justicia transicional, ¿qué valor le otorgas a la memoria histórica y a los archivos independientes que personas como tú han construido durante años? ¿Cómo visualizas que debe ser el proceso de sanación y justicia para que Cuba no arrastre el resentimiento, pero tampoco edifique su democracia sobre un pacto de olvido?

ASP: Creo que el trabajo está bien documentado. Vendrán otros años de recoger todos esos testimonios que muchos no comparten por miedo. Luego vendrán otras situaciones más actualizadas; pero siempre quedarán esos archivos como que otras generaciones conozcan de la historia de este archipiélago cubano. 

La única cura que conozco es finiquitar la enfermedad. Mientras esté vivo, aún débil, la cura jamás será real.