Son las cuatro de la tarde y Reynaldo está sentado en el pequeño muro que separa su casa de la calle. Adentro no se puede estar; hay mucho calor y nada de electricidad para encender un ventilador. Es así todos los días, hace mucho tiempo. El invierno se ha marchado, y ahora no hay quien refresque ese cuartito, ni quien pueda estar dentro de él.
– Yo a esta hora siempre me tiraba un ratico a dormir- cuenta Reynaldo, con su voz gastada de 67 años -pero hace mucho tiempo que no puedo hacerlo, a no ser en invierno-
Los apagones diarios, a cualquier hora, de cualquier extensión, han cambiado su rutina.
-Tampoco tengo gas, aquí no entra el gas hace mucho tiempo. Yo creo que ahora mismo en San Miguel del Padrón si la mitad de la gente tiene gas, estoy exagerando. Entonces imagínate, nadamás puedo usar la hornillita mía cuando hay luz, que es casi nunca-
– ¿Y entonces cómo cocinas?-
– Con carbón, o a veces la vecina me trae un poquito de potaje y eso es lo único que me como en todo el día. Un pan por la mañana y un pozuelito con algo por la noche-

Las personas de la tercera edad -el grupo etáreo de mayor presencia en Cuba- han sido quizás las más golpeadas por esta crisis. Muchos de ellos dependen de una chequera, ridícula, casi simbólica, que no alcanza para comprar más que un cartón de huevos, o una botella de aceite y algo más.
Enfermos, en su mayoría, dependen de los precios que dicta el mercado negro para cada medicamento: es imposible conseguirlo ya de otro modo. Y si bien es sabido que algunos de nuestros abuelos cuentan con cierta ayuda de familiares emigrados en Miami o en España, también es notable el abandono en que viven muchos otros. El apoyo institucional también se ha desentendido de ellos: el gobierno los ha abandonado.
– Yo no toco calderos ni nada de eso, pero no porque tenga miedo, sino porque me acuesto a dormir temprano muchas veces-
-Pero ¿has participado o sido testigos alguna vez?-
– Si si, claro. En este barrio tocan han tocado mucho caldero, sobretodo en el mes pasado y el antepasado. A veces me despertaba el sonido de los vecinos, y yo lo que hacía era esto mismo, sentarme en mi murito. Esa era mi forma de darles apoyo…-
– ¿Y usted cree que alguna vez haya algún cambio?-
– Bueno mijo, yo la verdad no sé mucho de política ni de nada de eso, pero esto está muy jodido. Yo nunca lo había visto tan jodido en mis 67 años. Hace falta que Trump haga algo, o que alguien haga algo, porque la verdad que esto no aguanta más…-

Uno sale a caminar la Habana y nota una tristeza sin par. No la nota simplemente en los ancianos cansados que la recorren, o en los lugares vacíos que ayer estuvieron infectados de turismo. Ahora la tristeza cobra otra forma, un filtro encima de la propia alegría.
Se sigue plantando un dominó en cualquier sitio, se sigue poniendo una bocina en medio de la calle, se sigue sacando una botella de ron para amenizar una tarde, pero es justo ahí, en medio de esa risa o de esa vuelta de casino, dónde se nota el desgaste de la supervivencia. Ya el cubano no es feliz de forma honesta, si es que en algún momento lo fue.
Reynaldo es una víctima más de este sistema fallido. No oculta su hambre permanente, sus deseos de morirse. No oculta en su hablar desgastado la decepción de haber trabajado toda su vida para un sistema que ahora le dió la espalda.
El mes pasado, nos cuenta, sintió deseos de protestar por primera vez en mucho tiempo, y lo hizo.
– Ese día yo estaba acostado en la cama pero seguía despierto. Recuerdo que habían muchos mosquitos. No podía dormir. Llevábamos todo un día de apagón. Me paré de la cama y me caí. Me di un buen mamellazo, que de milagro no me rompí nada, gracias a Dios. Yo no tenía ni una pastilla, y salí para pedirle una a la vecina, y en eso empezó la cosa. Habían estado tocando calderos ya, pero muy poquito, y en ese momento, cuando yo estoy cruzando la calle para ir a casa de Vilma, empezaron a tocar más fuerte. Vilma salió antes que yo llegara y salió también con un caldero, y empezó a tocar.-
– ¿Y usted qué hizo?-
– Yo no sé si fue por la rabia del mamellazo o qué, pero yo tenía una furia muy grande. Me tomé una pastilla que Vilma me dió, pero me quedé ahí con ella tocando caldero también. Los muchachos de la cuadra formaron una conguita y todo, tú sabe que los muchachos son jodedores, y no te voy a decir que no, en medio de todo eso me relajé un poco… Es como si haber estado ahí y tocar caldero hubiera logrado que yo me desahogara…-
– Y usted cree que si otro día se arma otro cacerolazo usted quiera participar?-
– Bueno, ya te digo, de querer yo quisiera, pero a veces estoy dormido. Vamos a ver ahora con estos calores si yo puedo dormir. Pero sí, yo creo que sí. Yo que nunca en mi vida había protestado jajaja. Es como que ahora le cogí el gustico jajaja…-