Nadie le dijo a Roly que sufriría semejante decepción universitaria justo empezando su carrera. Siempre le emocionó -como a muchos- la subida soñada de la escalinata de la Universidad de La Habana, recorrer sus pasillos, conocer gente nueva, más allá de la pasión misma que vibraba en él por el derecho.
Nadie le dijo que en enero de este año, al abandonar el modo presencial por la crisis nacional de combustible, experimentaría tal depresión, de modo tal que hoy, unos meses después, se está planteando la idea de abandonar sus estudios.
Por su parte Débora tampoco se preparó para este momento. Nadie le dijo, cuando estudió Turismo, o cuando obtuvo el máximo nivel de inglés posible, que un día no habría siquiera visitantes extranjeros en Cuba a los que guiar en un tour.
Débora lleva tres meses sin trabajo. Ha tenido que echar mano de algunos de sus ahorros y, a sus 28 años, no tiene idea de en cuál otro mercado profesional ella podría ser útil. Toda su vida adulta la ha dedicado a ser guía de turismo, y ahora, que este sector ha descendido a grados escandalosos en Cuba, tras la cancelación de viajes a Cuba de más de una decena de aereolíneas, por la crisis de combustible, Débora no sabe qué va a hacer laboralmente.
Desde Cárdenas, Matanzas, Virginia tampoco sabe ya qué hacer para cuidar a su madre y a su tía, ambas postradas en cama y una de ellas ciega.
Virginia, con un salario de 3600, no puede seguir comprando en el mercado negro los medicamentos de estas ancianas. Una sonda urinaria ya cuesta 2400 pesos cubanos, y entre los otros medicamentos la cifra asciende a una necesidad de 7000 pesos al mes. Los apagones insostenibles también cooperan en contra de todo alivio. Virginia simplemente no puede más.
Del mismo modo que estos, en toda provincia y en todo barrio hay una historia angustiante.

Hay una gran carencia, un reclamo. Hay un desgaste en el marco del alma, una sonrisa arrebatada casi para siempre.
Hay, en toda Cuba, aún más desde esta nueva y aguda forma de caos que llegó en enero de este año, un dolor seco, incurable, que no es culpa de nadie más que de la dictadura que oprime a todo el pueblo cubano.
La realidad supera la ficción, y la calle es mucho más triste por estos días que cualquier titular de prensa, por muy hiperbólico que parezca.
Un país que se ha apagado completamente dos veces en una misma semana, en marzo de este año, y que ha establecido un sistema de apagones de entre 10 y 36 horas, no es un país para vivir.
Desde enero, tras las medidas de bloqueo impuestas por los Estados Unidos a Cuba, la suspensión del transporte público categorizó la nueva etapa. Largas caminatas, en recordatorio penoso a aquel lejano período especial de los 90’s, fueron entonces signo y seña.
Las protestas ciudadanas, mediante cacerolazos nocturnos y quema de basura, también han definido el lenguaje de estos meses. Un país hastiado, un país al que diariamente se le pudre la poca comida que logra alcanzar, ha decidido alzar su voz y su caldero vacío, y llorar a viva voz.

La represión política no ha estado ausente en ninguna manera.
Si bien la detención de Kamil y Ernesto, líderes del proyecto audiovisual El 4tico, ha sido quizás el momento político más mediático de los últimos meses, al igual que la represión sobre los jóvenes del proyecto Fuera de Caja, y el hostigamiento sobre la influencer Anna Bensi y su madre, cabe destacar que bajo la sombra, muchos otros jóvenes -sobretodo en las provincias del centro y de oriente del país- están siendo hostigados, interrogados, detenidos y procesados.
Quizás todo esto sea un resumen triste y exacto de los últimos meses vividos, quizás no.
Quizás una imagen más traída a colación sea la foto clara.
Nunca, en la historia de la revolución fatídica de Fidel Castro, ni durante el mandato de Raúl ni la posterior presidencia de Díaz Canel, nunca, el pueblo había intentado incendiar de rabia alguna sede del Partido Comunista. Morón nos ha dado un momento inmortal: las llamas de la furia cubana subiendo, consumiendo en un calor jamás visto una ideología que al único sitio al que nos ha llevado es a nuestra destrucción total como seres humanos.