Levantarse se ha convertido en una angustia. Despertar sabiendo que toca un día más de programar cuánta agua para asearse, cuánta para bañarse, cuánta para cocinar y cuánta para fregar.
Dosificar el agua.
Dosificar es ahora la palabra maldita, una de esas palabras que Luis quiere evadir, que detesta pronunciar o pensar siquiera; pero es “dosificar” la palabra de orden por estos días en la Habana Vieja.
Es 21 de marzo de 2026 y hace diecisiete días que no entra agua por el sistema regular.
Luis Rodríguez ha vivido sus treinta años en la misma cuadra de Cristo, entre Muralla y Teniente Rey, y sabe que, en verdad, en muy pocas ocasiones falla el sistema hidráulico de la zona. “Pero cuando falta el agua”, confiesa Luis, “sabemos que va a faltar durante muchos, muchos días”.
El primer día y el segundo, Luis los sortea con calma, y con la expectativa de que esta vez sea diferente. Se comienza a ahorrar el agua almacenada en esta casa donde viven cuatro personas, pero aún se permiten ciertas solturas. El día segundo todavía no se está reciclando el agua de cepillarse los dientes para descargar el baño, pero se hará pronto. Luego se empezarán a acumular trastos en la cocina, se cocinará cada vez más difícilmente y hacer las necesidades fisiológicas supondrá una preocupación angustiante.
Al quinto día toda la ropa de la casa, de los cuatro de la casa, está sucia. No se puede lavar; es inconcebible hacer semejante gasto de agua. Luis ha salido con el cepillo de dientes en más de una ocasión. Se ha quedado en casa de algunas amistades. Anda con una mochila con algunas de sus ropas -de sus ropas sucias- por si se da el chance de lavarlas en casa de algún amigo. Quedarse en la casa, a las alturas del décimo día en que no entra agua, ya no es opción para él.
Levantarse se ha convertido en una angustia, despertar sabiendo que ya no hay agua para lavarse los dientes, ni para bañarse, ni para cocinar y fregar; despertar diciéndote a ti mismo que no, que no puedes defecar porque no hay agua para descargar, golpea el mismo centro de la dignidad humana de cualquier persona en la Habana Vieja.

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Brayan tiene 22 años y su rutina es bastante sencilla: hacer mensajerías, ayudar a su madre en casa, jugar dominó en la noche con sus amigos del barrio. Poco más hay que hacer en Jesús María y Compostela, reparto Belén. Poco más -eso sí- a no ser que por alguna rotura o desconexión del Sistema Electroenergético Nacional, se vea afectado el sistema hidráulico.
En esos casos, la rutina de Brayan se atropella. Lo mismo se le ve abandonando el dominó, tras una llamada de su madre para que venga a cargar un poco más de agua, que se entera de la llegada de una pipa y tiene que regresar de una mensajería en La Lisa, para ponerse de a lleno en la tediosa tarea.
“Se supone que el delegado del CDR o cualquier otro funcionario sea quien coordine la llegada de una pipa. Así pasa en otras zonas de la Habana Vieja, pero no en la mía”, cuenta Brayan.
“En la mía se ponen de acuerdo entre varios vecinos hasta reunir los quince mil pesos de la pipa, y evidentemente, solo los que pudieron pagar tienen derecho a coger agua de esa pipa. Yo soy estudiante todavía, mi mamá está enferma y mi papá trabajaba en el turismo, hasta que esto se jodió, y ahora está sin trabajo. El poco dinero que entra en mi casa es el de mis mensajerías. Nosotros no podemos darnos el lujo de pagar mil ni dos mil ni tres mil pesos para una pipa”
Brayan estudia en la Universidad de La Habana, segundo año de Contabilidad, pero desde que el Estado Cubano declaró la modalidad de estudio a distancia, Brayan no ha asistido más a clases presenciales, tiempo y esfuerzo que ha vertido en hacerle mensajerías a varios negocios particulares.
Antes dedicaba algunas de sus noches a jugar dominó con sus amigos, a pocas cuadras de su casa, pero ya esto no es posible con la misma frecuencia. Sus noches ahora -el único horario en el que no está haciendo mensajerías o ayudando en casa a su madre enferma- tiene que usarlo para desplazarse hasta las Oficinas del Archivo Nacional de La Habana, en San Isidro y Compostela, en donde una llave exterior dispensa agua a los vecinos de Belén, a pesar de las roturas en toda la zona.
Lo mismo a las siete, que a las nueve, que a las once de la noche. Allá va Brayan con pomos, cubos o galones. “El otro día me puse de suerte y me prestaron una carretilla, y pude llevar y traer de vuelta todo lleno, sin reventarme la columna, pero ayer, por ejemplo, había muy poca fuerza de agua, un chorrito muy fino, y nos tardamos más en poder coger todos. Estuve haciendo cola para el agua durante más de dos horas”
-¿Cuántas rondas puedes llegar a hacer un mismo día?- le pregunto
-Depende, pero pueden ser hasta tres-
Al otro día Brayan se levantará bien temprano, y tendrá que exigirle a su cuerpo se saque fuerzas de dónde no las tiene para pedalear hasta Marianao o La Lisa, y tendrá que olvidarse del dolor de columna o de sus cortos 22 años. Una Habana sin agua no es ciudad para débiles.

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“Aún cuando reestablezcamos la corriente”, dijo en televisión nacional Yosvani Rubí, presidente de Aguas de La Habana, “la afectación en estos territorios persiste porque son de otra índole”. Ya. Sin repasar cuáles son tales índoles o mucho menos proponer formas efectivas de solucionar el problema.
Mientras el gobierno cubano y su representante supremo, Miguel Díaz-Canel, repiten un mensaje triunfalista sobre la capacidad del pueblo para afrontar estas circunstancias, para afrontarlas creativamente, la realidad es que el hastío de los ciudadanos roza la total desesperanza.
Luis confiesa que no está dispuesto a fajarse en una cola para alcanzar un único cubo de agua, que para casi nada servirá en una casa de cuatro personas. Brayan, por su parte, sigue sin poder costear dos mil o tres mil pesos en una pipa, y aunque pudiera hacerlo, prefiere ahorrarse el dinero, aunque tenga que sobrecargar su espalda todas las noches.
Ninguno de ellos debería estar atravesando estas penosas situaciones. Luis debería poder ir a trabajar con sus dientes cepillados. Brayan debería poder fregar con agua, en vez de pasarle un trapo de cocina a los vasos y declararlos limpios. Ninguno de los dos tiene culpa en esto. Esta situación es responsabilidad total del gobierno cubano, quien ha abrazado una ineficiencia y desvergüenza jamás vista en años anteriores.
Mientras persiste el problema del agua, y los ánimos de los pobladores de la Habana Vieja y Centro Habana en alguno de sus repartos -Belén, San Isidro, Los sitios, San Leopoldo, entre otros- se caldean hasta la ebullición, la poca representación estatal de instituciones a cargo del problema poco tiene que decir: mucho menos qué hacer.
El problema de La Habana no es, al menos no primeramente, un bloqueo de combustible emitido en Washington. El problema del agua es de Aguas de La Habana en la misma medida que el problema de la electricidad no es un asunto del Sistema Electroenergético. La mala política, la corrupción de años, enquistada, diagnosticada y -ahora- obligada al ultimátum por un Donald Trump cercano, alberga la total responsabilidad.

Nadie, excepto el gobierno cubano, ha traído a los cubanos a la desolación en la que estamos hoy.