A sus 31 años, Miguel González se define como un alma libre. 

Estudió gastronomía cuando terminó su preuniversitario, pero la pasión por la fotografía lo consumió hasta el punto donde no pudo concebir otra forma de vida. 

A los 21 años heredó la casa de su abuela materna, en La Ceguera, Playa, donde actualmente vive. Desde allí ha salido, durante todos estos años, con su Nikon en mano por toda la ciudad. Ha testificado con su lente autodidacta los pormenores circunstanciales y ánimos de La Habana en los últimos años. Ha visto de cerca su propio dolor, su propia escasez, en otras vidas y otras casas.

En 2021 se unió a las históricas manifestaciones del 11 de julio. En esa ocasión, junto a algunos amigos, fue detenido en la estación policial conocida como La Oncena. Allí estuvo durante tres días, y no salió sin antes pagar una multa simbólica e injusta.

Volvió a participar, durante los meses de septiembre y octubre de 2024, en las masivas protestas sucedidas en toda la capital, por los reaparecidos y prolongados apagones.

Ha vivido también, en estos tres meses, varios momentos de cacerolazos y protestas ciudadanas. Tiene de cerca la rabia, el hastío de todo el pueblo cubano.

 

1. ¿Cómo has vivido en lo personal la Cuba de los últimos meses?

Si te dijera que es nuevo todo esto te mentiría. Quizás todo ha sido más intenso, eso sí. Pero ninguna de las cosas que nos están golpeando hoy son nuevas. También podríamos decir que ha sucedido un pico en todas las carencias y dificultades, un pico en todas a la vez, y eso lo ha hecho más agudo.

Yo he sentido el golpe de cada una de estas circunstancias. De los apagones no quiero ni siquiera hablar. Es muy difícil incluso no normalizarlo, porque ya es algo tan presente en nuestras vidas que se ha vuelto rutina. Apagones de diez horas, de catorce horas. Madrugadas completas de dormir sin electricidad.

El tema del agua es bien pesado también. En mi casa, por ejemplo, yo tengo una cisterna pequeña y dos tanques arriba. Cuando agoto el agua de los tanques, necesito encender el motor para que el agua de la cisterna sea bombeada hasta arriba. Entonces cuando se va la luz, yo estoy todo ese tiempo sin poder bombear el agua, sin contar que antes el agua entraba cada dos días, lo que me permitía tener la cisterna casi llena, todo el tiempo, y ahora no. Ahora me puedo meter hasta siete días sin ver el agua entrar.

Estas cosas y todas las demás provocan un estado de ansiedad permanente, una depresión. 

 

2. ¿Qué crees que ha pasado a nivel político para que hayamos llegado a este punto?

Mucha corrupción gubernamental acumulada. Años y años de mala gestión, pero no de mala gestión en tanto un gobierno que quiere hacerlo bien y no puede, no, mala gestión en el sentido de un robo mancomunado y descarado del poder del pueblo y sus derechos. El hartazgo del pueblo cubano no es más que una reacción a ese descaro. Por eso hay rabia, odio, porque en nuestras propias narices nos han robado el país.

 

3. En tu experiencia en protestas y cacerolazos, incluso en tu experiencia como fotógrafo, ¿qué patrones repetitivos has podido observar?

Algo común en todas las familias, en cualquier lugar de Cuba, más que la ansiedad incluso, es la incertidumbre. Todo el mundo vive con el miedo de que, al otro día, pase algo nuevo que marque un rumbo diferente. Eso sí, algo nuevo pero malo. Hace rato todos entendimos que siempre puede haber un escalón más bajo, una penuria mayor. 

La gente a veces quiere emprender, invertir unos pesitos en algo nuevo, luchar para sobrevivir, y te encuentras siempre ese miedo a una nueva ley, a una nueva realidad que te eche a perder los planes. Antes incluso comprábamos comida sin el temor a que se nos acumulara. Ya ni eso: una simple caída del SEN puede hacer que se pudra todo, y que el dinero se vaya por la borda.

Cabe destacar algo. Antes la gente se cohibía un poco más para expresar su descontento. Y si bien el 11 de julio sigue solo en su peso en cuanto a masividad de protestas, de ahí para acá el cubano ha perdido el miedo. En realidad creo que ha perdido el miedo en la misma medida que ha ido perdiendo la esperanza. Pero sea como sea, la Cuba del 2026 es mucho más valiente y determinada que la de hace unos años, y eso el gobierno lo sabe muy bien.

 

4. ¿Qué rumbo crees que tiene Cuba ahora? ¿Crees que hay siquiera un nuevo camino?  ¿Crees que el gobierno de Estados Unidos está dentro de ese nuevo camino de alguna forma?

Esa pregunta me la he hecho y respondido muchas veces. Este año, más veces que nunca. Mis respuestas siempre cambian.

El 3 de enero, cuando Donald Trump operó Venezuela y tomó prisionero a Nicolás Maduro, pensé que a la dictadura cubana le quedaban días. Así estuvimos todos, yo creo. Con el paso de las semanas, todo se puso peor aún, y pensé que el nuevo camino era el desastre, para luego ser algo más. Por supuesto que Estados Unidos estaba en esa ecuación, y creo aún que lo está, al menos hoy lo creo.

A mí no me parece que podamos seguir así mucho tiempo más, pero es lo que te decía antes: hemos visto que siempre cabe un desastre más. Lo que sí estoy seguro es que estamos viviendo eso, el desastre más grande de esta isla, y no creo que podamos ser los mismos luego de estos meses, de este año. Ojalá la presión externa, o la interna, o las propias formas de protesta del pueblo, o cualquier cosa, nos desplacen a un nuevo destino pronto.