Son las 11 de la noche y la calle 20, en el Cotorro, es, en buen cubano, la boca misma del lobo. Un lobo alterado, molesto, que ruge sus calderos como para ahuyentar a las demás especies. El apagón imposibilita que se reconozca ninguna cara, y el lobo entonces se esparce por toda la calle, grita, se enoja. Van dieciséis horas de apagón en todo el Cotorro, y todas las calles que tributan a la calle 20 -arteria principal del municipio- han venido hasta aquí a desparramar su molestia.

-Coge bien la clave- grita uno.

El cacerolazo entonces coge un ritmo cubano, un “un dos trés, un dós” que reúne las molestias de todo un país.

-Botaaa pingaaaa- se oye a uno de los presentes, en un grito de ánimo al resto.

Aquí, hoy, tocan calderos hasta que venga la luz, aparezca un funcionario, o nos quitemos de dentro toda la furia contra el gobierno de Díaz Canel Bermúdez.

 

****

 

Hace mucho tiempo que Yeny no puede planificar el sábado como día para lavar. Ni tampoco el domingo. Hace mucho tiempo que Yanet conecta la lavadora solo el día en que amanece con fluido eléctrico, que puede ser uno entre veinte.

La realidad de Yeny, en el Cotorro, no es muy distinta a la del resto de pobladores del municipio. Desde el pasado mes de enero, los apagones mañaneros, vespertinos y nocturnos, son una realidad ineludible. No hay ningún horario en que la luz no pueda irse.

Algo tan común y necesaria como la rutina semanal de lavar la ropa, se ha vuelto un caos. A veces Yeny, quien vive a pocas cuadras del parque central del Cotorro, se levanta a las siete de la mañana para darse cuenta de que ya no tiene electricidad. Sucede igual en casi todos los repartos de la ciudad y es sabido, entonces, que es para largo. Diez, doce, catorce y hasta dieciséis horas es la norma diaria de los apagones.

En algunas ocasiones se ha despertado temprano, con luz, y ha conectado la lavadora solo para quedarse a mitad del proceso y terminar lavando a mano. A veces ni siquiera ha podido continuar a mano, pues una vez que se va la luz -y el día anterior no entró agua- no hay electricidad para bombear el agua que tiene en la cisterna.

Para colmo de males, hace meses que no entra el gas en el Cotorro. En diciembre del año pasado entró, pero ella y su familia simplemente no alcanzaron. Mientras los apagones persisten, la cocina eléctrica de la casa queda inutilizable. Han tenido que recurrir al molesto carbón, y han tenido que prescindir de otros modos de cocinar.

Por supuesto que si suena un caldero en el Cotorro, la noche del jueves 19 de marzo, bien puede estar percutido por Yeny, o por cualquiera como ella, que viva las mismas penurias.

****

“Hace unos meses no era así”, comenta Yoel. “Sí, la quitaban, pero la quitaban ocho horas por ahí, y uno al menos podía planificarse para hacer las cosas por la mañana, pero hace un tiempecito empezaron a quitarla doce horas, hasta dieciséis horas, y así uno no puede hacer nada”.

Yoel es uno de los que toma ahora la calle 20, caldero en mano, luego de llevar alrededor de treinta minutos tocando en su misma cuadra. Han bajado -él, su madre, sus dos hermanos y su hermana menor- desde cinco cuadras más arriba. Vienen tocando frenéticamente; han perdido el temor.

Hasta hace unos minutos -sobre las 10 de la noche- Yoel y los vecinos de su cuadra pensaban que solo ellos, en todo el Cotorro, estaban protestando. Una vecina que venía de otro reparto confirmó que no, que habían varios lugares sumados a la protesta. Esto bastó para que la cuadra entera determinara avanzar, convertirse en otra cuadra, tomar una calle nueva y convertirla en la suma del hastío de todo un municipio.

Yeny también estaba ahí con su propio cansancio y disgusto. Su esposo la acompañaba.

La calle 20 se convirtió entonces en un concierto de desagrado popular, en uno de los muchos sitios del país que durante el último mes han tomado las calles para protestar la ineficiencia del gobierno cubano.

A los pocos minutos llegó una patrulla. Luego dos. Llegó también un lada estatal, y de ahí se bajó uno de los delegados de la Asamblea Municipal del Poder Popular.

No hubo represión, no hubo golpes. El funcionario intentó llevar al orden a través de las palabras, pero un pueblo ofendido durante décadas no puede llevarse a casa sin respuestas tangibles, palpables. 

El delegado abandonó la función de convencer a la gente, pero tuvo suerte esta vez. No había terminado de hablar, cuando el servicio eléctrico fue reestablecido.

Las patrullas se marcharon, el lada estatal también. Los vecinos, poco a poco, fueron regresando a sus hogares, pero en sus rostros se vez que la protesta es ahora una nueva forma de vida. Se han deshecho del miedo, del respeto a la autoridad impostada. Solo le importan ahora sus derechos, y tomarán calderos y calles cada vez que sientan que los van perdiendo, sin importar cuántos delegados o patrullas asistan al lugar para evitar la obra.