Es muy difícil decirle que no a la clave cubana. Más difícil aún para Dianelys Piña, una muchacha de 20 años que nació y se crió en el habanerísimo barrio de San Isidro, en la Habana Vieja.
Por eso hasta el año pasado, cada vez que la conga barrial de la calle Santa Clara salió con sus tambores a embellecer las calles gastadas y tristes de Belén, ella salió detrás de ellos marcando la pegadiza clave.
En enero la cosa cambió. Es que, en toda Cuba, la situación era diferente. Desde principios de enero de este año, Donald Trump impuso a Cuba un bloqueo absoluto de combustible, y el país, mal gestionado por sus dictaduras en todas las formas posibles, besó el suelo como jamás lo había hecho.
En enero, a pesar de todo esto, la conga de Santa Clara volvió a tomar las calles, pero nunca pudo hacer su habitual recorrido de la noche. La policía irrumpió la celebración cada vez que sucedió. Todo en Cuba olía a protesta, o, como en efecto -en una resignificación contextual repleta de coherencia- lo era.

Dianelys, al terminar sus estudios de secundaria básica, prosiguió hacia un técnico medio en enfermería. Una vez graduada, ha tenido que sortear la crítica situación de la isla, atravesada por bajos salarios y un encarecimiento progresivo de todos los productos de primera necesidad.
Hace un año decidió vivir sola; la convivencia con su padre se estaba volviendo insostenible. Desde ese entonces, ha tenido que sacrificarse aún más para costear el precio de la renta, y aún así sustentarse en el resto de áreas de su vida.
La situación también se le ha hecho compleja ya que Dianelys es alérgica y asmática, y padece de gastritis. A veces come lo que logra comprar, y no lo que en realidad su enfermedad le permite.
“Yo no puedo estar abusando del embutido, del perrito, la jamonada, ni de cosas así, pero imagínate, tampoco mi salario me da para comprar todas las semanas vianda y ensalada”
Desde enero todo es aún más crítico, tras la llegada a La Habana, de los masivos y alargados apagones.
“Es muy duro llegar de una guardia de 24 horas, pensando solo en llegar a tu casa a dormir, y que te reciba un apagón”, nos cuenta, con un cansancio acumulado de varios meses.
“A veces llego y me tengo que bañar con agua fría. A veces solo he tenido fuerzas para salir a comprarme una pizza, porque no me queda ánimo para cocinar, y menos entre tanta oscuridad. Sin hablarte que, por supuesto, descanses bien o no llegues a descansar, tienes que ir así mismo de nuevo a enfrentarte a otra guardia en el hospital”
Por eso Delanys no lo pensó dos veces para coger su caldero y salir a protestar, en los primeros días de febrero, junto a todo su barrio de San Isidro.

Los negros contentones de Plaza Vieja han tomado sus tambores una vez más. Ayer la policía los mandó a callar.
-Coño oficial, nosotros no estamos haciendo nada malo. Esto es cultura-
Nada. No entendieron.
Por un momento, algunos de ellos piensan abandonar la jornada. Discuten. Se acalora la noche.
-Nada, caballero, vamo pa la casa. Otro día será, cuando la cosa esté más tranquila…-
Los vecinos de Plaza Vieja, de Belén y de San Isidro pensaron que la reprimenda fue suficiente para dejar a los congueros en casa, pero se han vuelto a equivocar. Ellos, y la policía.
Al otro día la conga está de nuevo en la calle. Atraviesan nuevas calles. Le sigue un mar de pueblo. Algunos se les unen -conocen la tradición- pero otros están confundidos, expectantes, no saben si es solo una conga, o si es una forma de protesta. En el fondo, lo es todo.
“No es casualidad que ellos, en el tenor del momento crítico que se está viviendo, asuman que es momento de sacar a pasear la conga. ¿Qué cosa más subversiva que una conga, antiguo lenguaje de esclavos sublevados?”, nos argumenta Rosa, una profesora retirada que hoy cuida niños en su casa en la Plaza Vieja. “Por supuesto que si ellos salen a hacer lo suyo, en un momento en que toda Cuba está sonando calderos, es porque es una forma de sumarse a la queja. Fíjate que la policía lo entiende, y por eso los censuran. Algo que nunca hicieron con ellos”
Así sucedió también ese día. La policía no explicó mucho , pero le dio a entender a los congueros, y al pueblo que los seguía -Dianelys entre ellos- que, en buen cubano, “el horno no estaba para pastelitos”.
Lo que si no pudo contener la policía fue la protesta masiva que se dio en estos mismos barrios al día siguiente.
Dianelys regresaba de una guardia. Cuando salió de su casa, el día anterior, no había fluido eléctrico. “Deben estar al ponerla”, se pasó pensando durante toda su guardia. Pero no.
Cuando Dianelys llegó a casa, hacían más de 24 horas que el barrio de San Isidro no tenía electricidad. Los ánimos estaban exacerbados. Empezaba a oscurecer, y se sentía en el ambiente el olor a protesta.
A las nueve de la noche se oyó el primer caldero. Poco tiempo estuvo sonando solo. Le acompañaron enseguida dos, tres, cinco, diez más. Dianelys se asomó; toda su cuadra estaba en la acera. Entró y tomó su caldero, e hizo lo suyo.
En menos de diez minutos el barrio de San Isidro era una conga de calderos vacíos y emociones exasperadas. Pasó una patrulla; la gente dejó de sonarlos un instante. El habanero siempre ha sido un tipo pillo y burlón, y San Isidro es un negro presidiario en toda su extensión.
Arrancaron de nuevo el concierto, esta vez aumentaron la cantidad de calderos en la orquesta, y la intensidad del sonido. El cacerolazo caótico comenzó a tomar forma, hasta convertirse en una clave cubana, en una clave cubana imposible de resistir.
Al poco tiempo pusieron la corriente, por suerte; ya algunos más jóvenes habían salido de sus cuadras y estaban incendiando basura en la zona sur de San Isidro.
Pero mientras estuvo el apagón, y los calderos sonaban insistentes, Dianelys vio cómo la policía volvía a pasar para nada impedir.
Los calderos habían estado marcando el pegadizo un dos, un dos tres. Y es que esa clave precisa y envolvente, ese compás del enojo cubano al que es muy difícil decirle que no, se ha convertido ya en el discurso rítmico insustituible de una era.