Mario Ramírez (Camagüey, 1994) es un destacado poeta, editor y periodista independiente cubano, reconocido en el ámbito del activismo cultural por su labor de rescate histórico y su compromiso con la promoción de los valores democráticos en la isla. A pesar de haberse graduado como Ingeniero en Telecomunicaciones y Electrónica en la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas en 2018, Ramírez reorientó su camino hacia el pensamiento crítico, la literatura y el periodismo en su ciudad natal como una respuesta a la censura del sistema de prensa oficial estatal. En el ecosistema de los medios independientes cubanos, Ramírez se consolidó como editor de la revista y plataforma de periodismo ciudadano La Hora de Cuba. También ha desarrollado una prolífica labor como colaborador y redactor para revistas de amplio perfil cultural y social como Árbol Invertido y Alas Tensas, además de desempeñarse como editor en el proyecto editorial Ediciones Homagno. Como escritor, ha publicado libros de poesía, así como ensayos de investigación histórica y cívica en Grupo Ánima. En el año 2024, buscando contrarrestar la manipulación de la narrativa histórica que ejerce el gobierno cubano, fundó junto a un grupo de intelectuales e investigadores la plataforma independiente Memoria Cívica (que incluye el sello Ediciones Memoria).

MHD: Mario, tu labor al frente del proyecto Memoria Cívica responde a una urgencia histórica fundamental: contrarrestar la amnesia colectiva y el borrado documental que el régimen cubano ejecuta sistemáticamente contra todo rastro de disidencia. Mirando tus inicios en el activismo e investigación, ¿cómo nació la necesidad de estructurar este archivo de la resistencia ciudadana? A lo largo de tu trayectoria, ¿con qué plataformas, creadores y redes has colaborado, y cómo valoras el impacto de devolverle a los cubanos el acceso a su propia historia de lucha por las libertades?

MR: A mí me gusta decir que Memoria Cívica no sólo pretende ser un archivo (que de eso está lleno este mundo que habitamos), sino también una bitácora, de esas que usaban los marineros para registrar el rumbo de sus embarcaciones. Entonces, en el naufragio que vive Cuba desde hace varias décadas, creo que se hace imprescindible esa conjunción entre lo rescatable del pasado, y lo atendible del presente, con la mirada, por supuesto, en el futuro. Ellos, los que detentan el poder en la isla, hablan de una “continuidad”, y hay que leer allí que se trata de una continuidad de la represión, del totalitarismo, de la ausencia de libertad, etc. Pero el rechazo a la palabra, entre los estratos más populares, llega a ser tal, que existe el peligro de que los cubanos terminen por rechazar todo lo que suene a pasado. Nosotros queremos demostrar que es posible, y necesaria, una continuidad, pero de los valores democráticos que se perdieron con la República. 

En lo personal, desde mi trabajo en la prensa independiente (he publicado en casi todos los medios cubanos), plataformas como el Grupo Ánima o la Peña del Júcaro Martiano, siempre he perseguido ese propósito, que casi podría ubicarse más en una vertiente de pedagogía social de mis conciudadanos, que en el aspecto informativo o la mera recopilación de datos. Me interesa que Cuba aprenda de manera activa de su propia memoria, de esa tradición del pensamiento que se inició con Varela, Agramonte, Martí, y que continuaron en el siglo XX notables voces, acalladas hoy por la censura oficial o por la tergiversación de la historiografía simpatizante del régimen.

 

MHD: Los regímenes totalitarios suelen reescribir el pasado para justificar su presente. En un contexto actual donde muchos de los testimonios de las primeras oleadas opositoras se están perdiendo o dispersando debido al éxodo masivo, ¿cómo gestiona Memoria Cívica el desafío de verificar, digitalizar y preservar estos materiales? ¿De qué manera el archivo histórico e independiente se convierte no solo en un ejercicio nostálgico, sino en una herramienta de contrapoder y en un insumo indispensable para desmitificar la propaganda de la dictadura en pleno siglo XXI? 

MR: No hay nación sin memoria, y lo primero que los cubanos tenemos que recuperar es la nación, que se encuentra en una aletargada terapia intensiva. No voy a sumarme al coro que, principalmente desde el exilio, afirma que somos una nación fallida. Yo no me siento fallido y creo que el proyecto Memoria Cívica demuestra que se puede reedificar a Cuba, una Cuba apetecible para los que amamos la libertad, desde muchas y variadas aristas. Ya te mencioné dos: el archivo y la bitácora, herramientas de contrapoder contra la desmemoria y el olvido, que alimentan a toda reescritura orwelliana. Pero cualquiera, desde el albañil hasta el cosmonauta, puede contribuir a derribar la versión de los hechos que impone el poder mitómano. Porque la historia de una nación no está en los materiales, documentos, cifras, con que se escribe o se emborrona un manual de historia, sino en lo que, siendo conscientes de lo que fuimos, hemos sido y somos, podemos aspirar a ser, desde ciudadanos libres en el pleno significado de ese sintagma, hasta cultores de la dignidad plena sobre la que un día levantamos una república. Por eso la memoria tiene que ser cívica, tiene que ser capaz de enlazar, en el imaginario popular, los hechos cívicos del presente con una tradición de lucha que nos antecede; y, al mismo tiempo, los hombres y mujeres cívicos de hoy tienen que actuar movidos por esa tradición. 

 

MHD: En los laboratorios de política exterior en Washington y Europa se baraja intensamente la posibilidad de una transición vertical pactada entre la administración estadounidense y sectores de la nomenclatura partidista o la junta militar de GAESA, priorizando la estabilidad regional sobre la justicia profunda. Desde tu posición como custodio de la memoria histórica, ¿cuál es tu postura ética y política ante este tablero? ¿Existe el riesgo de que un pacto de esta naturaleza intente imponer una amnesia institucionalizada o un ‘borrón y cuenta nueva’ que sacrifique la verdad histórica a cambio de una transición controlada? 

MR: En Memoria Cívica no nos cansamos de decirlo, de implorarlo, a veces casi de gritarlo: los cubanos tienen que aprender a pensar por sí mismos. Mi postura respecto a lo que planteas se escapa de esa presentación del problema como una realidad cuántica. Desde el punto de vista político-económico, cada panorama presentado como solución al problema de Cuba tiene sus pros y sus contras, pero no veo a nadie preocupado por lo que piensan mis vecinos en la isla sobre este proceso. No veo a mucha gente analizando cómo salvar al elemento humano en la Cuba presente, incluso ese que al día de hoy tiene una postura contraria al cambio, pero con el cual habrá que contar para la sociedad del futuro, que aún no sabemos cuán libre podrá ser. Personalmente, no me gustaría que la solución de Cuba llegara desde afuera, pero tampoco soy tan inconsciente como para pedir el sacrificio en masa del pueblo cubano. Por ese he escogido esta postura que prefiera actuar, ya, sobre lo que de verdad importa: la recuperación de una cultura democrática que nos permita afrontar el porvenir, si no con pleno conocimiento de causa, con la idea de que existe una responsabilidad cívica, sin la cual toda nación estaría condenada al fracaso.

 

MHD: Teniendo en cuenta el peso innegable de los Estados Unidos en la geopolítica de la región y la crisis sistémica que padece la isla, el exilio y la resistencia interna debaten sobre las formas de presión externa. En lo que respecta al accionar estratégico de la Casa Blanca que tú apoyarías: ¿debería Washington enfocarse en una doctrina de asfixia financiera estricta y condicionamiento absoluto al desmontaje de los órganos represivos, o verías con buenos ojos el apoyo a canales de mediación internacional donde la memoria de las víctimas y las demandas de la sociedad civil tengan una representación vinculante? 

MR: Lamentablemente, la intransigencia de un bando y otro ha paralizado siempre estos procesos. Incluso, tengo que decirlo con vergüenza ajena, la intransigencia (síntoma de los daños antropológicos del totalitarismo) que padecen mis confráteres en la resistencia interna, que en su momento hicieron rechazo al plan de Obama para Cuba, porque era Obama, pero ahora se desgañitan brindando soluciones externas a un problema que de todos modos va a persistir: los cubanos estamos al borde de perder la idea de la libertad cubana, que no es la libertad de los Estados Unidos ni la de Francia, sino la que podríamos ejercer aquí si nos ponemos a reconstruir la república que nos arrebataron. O mejor dicho, la república que nuestra irresponsabilidad como ciudadanos libres se dejó arrebatar. 

 

MHD: En los marcos de la Justicia Transicional, la memoria histórica es el pilar que garantiza el derecho a la verdad y sienta las bases para las Garantías de No Repetición.  ¿Cómo visualizas el rol de los archivos de Memoria Cívica en el día después del cambio? ¿Cómo lograr que la verdad documentada sirva para sanar las heridas y edificar una auténtica reconciliación nacional, evitando que el proceso derive en un revanchismo ciego pero asegurando que no exista impunidad para los perpetradores de la represión? 

MR: Como mismo sirve o puede servir ahora. Si no se deduce de mis anteriores respuestas, tendré que decirlo claramente: para Memoria Cívica el cambio ya ocurrió. La realidad cubana ha sido sacudida de muchas formas en las dos décadas y media que llevamos del siglo XXI, desde la Primavera Negra, el 11J o las protestas ciudadanas que persisten, pero también, y sobre todo, en la mentalidad popular, en ese individuo tan recurrido pero poco comprendido por los analistas políticos que es el cubano de a pie. El cambio ya es documentable, ya es enlazable con una tradición cívica que muchos daban por perdida, y a eso nos dedicamos en nuestro proyecto. Sobre la reconciliación nacional, te puedo asegurar que no es tan difícil como se cree del otro lado de la isla. Si se atiende bien a nuestra historia, a la sociología del cubano, a la reacción actual ante los términos ‘derechos’, ‘libertad’, ‘justicia’, se verá que a veces las dificultades estriban más en la complejización procesual del fenómeno, que en el fenómeno en sí. En lo real cubano está la clave para comenzar a pensar una democracia autóctona, que es lo único que puede salvarnos.